El racismo antinegro en la escuela colombiana: Voces silenciadas, memorias que resisten.
El racismo antinegro en la escuela colombiana: Voces silenciadas, memorias que resisten
Por: Jonh Jak Becerra Palacios
Activista antirracista
Introducción
Hablar de racismo en Colombia es un acto de desobediencia intelectual y espiritual. En un país que se refugia en la falacia del mestizaje —ese “todos somos iguales” que, en realidad, encubre jerarquías raciales—, nombrar la herida es romper el pacto del silencio. En Bogotá, en las aulas de los colegios públicos y privados, el racismo opera como un rumor constante, a veces evidente en el insulto, otras veces escondido en la práctica burocrática o en el gesto indiferente de un docente. El sistema educativo, que debería ser motor de emancipación, termina siendo un dispositivo de reproducción de la opresión.
Lo señaló con claridad W.E.B. Du Bois en Las almas del pueblo negro: la educación que no emancipa, esclaviza. Y lo reitera hoy Jesús Karabalí en su libro Voces de la escuela: la escuela colombiana, lejos de ser neutral, perpetúa el racismo antinegro como herencia colonial. Este ensayo busca desnudar cómo funciona esa maquinaria en la escuela bogotana y por qué urge transformarla desde la etnoeducación y la educación popular.
I. La negación como política del silencio
En un colegio de Bogotá, una profesora me dijo sin titubeos: “Es que aquí no hay denuncias de racismo”. La frase, aparentemente inocente, es la manifestación más refinada de la violencia: negar el problema. En Colombia, el racismo no solo es estructural y sistémico; también es negado con vehemencia. “Aquí no somos así”, “eso pasa en Estados Unidos”, “todos somos mezclados”. Ese negacionismo se convierte en la primera línea de defensa de la supremacía blanca/mestiza.
Negar el racismo es, en sí mismo, otra forma de racismo (Bonilla-Silva, 2018). Se configura como violencia simbólica: al deslegitimar la experiencia de quienes lo padecen, se blinda el privilegio de quienes lo ejercen. La ausencia de denuncias no equivale a la ausencia de violencia; más bien es reflejo del miedo, la naturalización y la falta de canales confiables para denunciar.
II. Voces de la escuela: insultos, prácticas y silencios
El libro de Jesús Karabalí es un testimonio colectivo: voces que emergen desde las aulas para mostrar cómo se nombra, se insulta y se reduce al estudiante negro/afro.
- El
lenguaje como violencia cotidiana.
Apodos como “Chocoramo”, “Lucumí”, “Memín”, “tizón” o “la sombra” sustituyen el nombre propio. Esta práctica, aparentemente trivial, despoja de humanidad y construye identidad sobre la burla. El niño negro deja de ser sujeto para convertirse en objeto de risa. - Estereotipos
heredados de los adultos.
Frases como “ese niño es inquieto porque es negro” o “los negros no sirven para matemáticas” circulan entre docentes y estudiantes, instaurando expectativas de fracaso. Se trata de lo que Mónica Moreno Figueroa llama racismo cotidiano: agresiones que, acumuladas, producen subjetividades disminuidas. - Prácticas
institucionales.
En actos patrios o celebraciones escolares, los estudiantes afros son relegados a papeles secundarios: esclavos, comparsas, personajes folclóricos. Nunca héroes, nunca protagonistas. La escuela refuerza así un imaginario colonial: la blanquitud al mando, la negritud en servidumbre. - La
indiferencia docente.
Cuando un niño afro se queja, recibe respuestas como: “no le preste atención”. Esa minimización convierte la agresión en rutina y enseña que la humillación debe ser tolerada. La inacción institucional es cómplice.
III. Los mecanismos de reproducción
El racismo en la escuela no surge de manera espontánea; responde a engranajes sociales y culturales que lo sostienen:
- Aprendizaje intergeneracional: lo que se dice en casa y en la calle llega intacto a la escuela.
- Medios de comunicación: caricaturas, chistes y representaciones estigmatizantes alimentan el imaginario.
- Currículo oculto: se enseña la historia nacional sin reconocer el aporte afro; se repiten celebraciones coloniales sin crítica.
- Negación del ser negro: estudiantes que prefieren llamarse “canela” o “morenito” antes que asumir la palabra “negro”, porque en el aula esa identidad se ha vuelto sinónimo de vergüenza.
IV. Las consecuencias: heridas abiertas
El racismo escolar no solo hiere en el momento; marca de por vida.
- Psicológicas: ansiedad, depresión, baja autoestima, incluso ideación suicida en casos extremos.
- Educativas: bajo rendimiento, desmotivación, absentismo, abandono escolar.
- Fisiológicas: estrés crónico, aumento de cortisol, enfermedades asociadas a la hipervigilancia constante.
- Socioculturales: reproducción de la desigualdad; niños y niñas que internalizan el prejuicio lo replicarán como adultos.
James Baldwin advirtió que la educación puede ser un acto de liberación o un acto de domesticación. En Colombia, demasiadas veces se elige lo segundo.
V. Caminos de resistencia: etnoeducación y educación popular
Karabalí no se queda en la denuncia: plantea alternativas radicales.
- Etnoeducación: no como adorno, sino como currículo vivo que sitúe la historia, la filosofía y las epistemologías africanas en el centro del aprendizaje. Que el niño afro se reconozca en sus raíces y que el niño blanco/mestizo comprenda la pluralidad que lo constituye.
- Educación popular: pedagogías participativas que empoderen, que cuestionen, que construyan conciencia crítica. Siguiendo a Paulo Freire, no se trata de “depositar” contenidos, sino de crear procesos colectivos de resistencia.
Conclusión: nombrar para transformar
El racismo en la escuela bogotana no es un accidente: es un engranaje de la maquinaria colonial que aún organiza la sociedad. Cada insulto, cada omisión, cada silencio docente es una pieza de esa máquina. Pero también hay grietas: en la palabra de quienes denuncian, en la escritura de Karabalí, en la memoria de los niños que resisten.
Du Bois nos enseñó que la educación debía ser arma de emancipación. Hoy, nuestro desafío es transformar las aulas en trincheras antirracistas, donde se enseñe no solo a sumar y a leer, sino a reconocer la dignidad de cada cuerpo negro. No basta con decir “todos somos iguales”; hay que hacer justicia en la práctica. La escuela, esa institución que hoy perpetúa la herida, puede y debe convertirse en territorio de reparación.
📚 Referencias (APA)
- Bonilla-Silva, E. (2018). Racism without racists: Color-blind racism and the persistence of racial inequality in America. Rowman & Littlefield.
- Karabalí, J. (2022). Voces de la escuela. Barcelona España: Editorial Autobiografía.
- Moreno Figueroa, M. (2019). Racismo cotidiano: prácticas de exclusión y jerarquías de valor. Cambridge University Press.
- Du Bois, W. E. B. (1903). The Souls of Black Folk. Chicago: A.C. McClurg & Co.
- Baldwin, J. (1963). The Fire Next Time. New York: Dial Press.
- Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.

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